Editorial

La música y la literatura siempre han tenido un romance intrínseco. Ambas artes viven de la mano, coqueteándose desde siempre: no en vano existen grandes muestras de tal afirmación: E. T. A. Hoffman, James Joyce y Julio Cortázar eran, ante todo, grandes melómanos (y si nos remitimos al México contemporáneo tenemos ejemplos como Juan Vicente Melo, Xavier Velasco, Eduardo Lizalde y Anamari Gomís, por citar algunos). La influencia entre ambas disciplinas es sencilla: los literatos toman la influencia de la música para volcarlo en sus letras de manera que crean un ritmo especial con sus palabras; los músicos, por otro lado, se nutren de las historias recreadas en la literatura para crear las propias. Tchaikovsky, por ejemplo, se inspiró en El Cascanueces de Hoffman; Wagner, por otro lado musicalizó el poema épico del Cantar de los Nibelungos.

Uno de los más grandes letristas (no por nada mereció el premio Príncipe de Asturias) en la música popular es Bob Dylan. Uno de los más líricos, desafiantes y aplaudidos compositores estará de visita hacia finales de este mes en la Ciudad de México. Motivos sobraron para dedicarle nuestra portada a aquel poeta que ha influido a los más grandes grupos de la historia. No se trata de Auden, Yeats, Eliot o Pound sino que se trata de del poeta más grande que ha dado el rock. Es tan sencillo como eso.

Siempre sobran las palabras,

Rodolfo David Gaona